¡No matéis al esclavo!

¿Qué diferencia los buenos resultados de los bancos españoles de los incesantes disgustos que recibimos estos días de grandes instituciones como Merrill Lynch, Citigroup o Société Générale? Dentro de los innumerables relatos que ofrece la Roma antigua resulta particularmente interesante, por su capacidad explicativa de  la inquietante actualidad de algunas de las grandes instituciones financieras mundiales, la entrada triunfal de los generales victoriosos que recorrían toda la ciudad hasta llegar a la cima del Capitolio.

Roma entera se vestía para la ocasión, adornando las calles y las plazas con guirnaldas. Los senadores y los magistrados abrían la marcha, seguidos de la banda de trompetas. Detrás, en carros, el botín y los toros blancos del sacrificio, tras ellos seguían los reyes cautivos y el resto de los prisioneros. En la segunda parte del desfile de la victoria precedían al carro del general triunfador, el cuerpo de lictores, los portadores de vasos y pebeteros de perfumes. Los tañedores de cítaras y los  flautistas, que marcaban el compás de la marcha a las legiones que gritando io triumphe! y celebrando con sus cánticos las glorias del general, cerraban la marcha.

El triunfador, con el rostro pintado con el color de los inmortales y las sienes ceñidas con una corona de laurel, empuñaba el cetro del tesoro capitolino y, en la otra mano, un ramo de laurel. Es fundamental señalar que, para evitar su endiosamiento y recordarle sus limitaciones, el esclavo que detrás de él sostenía la corona de oro sobre su cabeza le susurraba al oído sin cesar: «recuerda que eres mortal».

En las empresas de hoy en día este papel admonitorio lo juegan los sistemas de control en su sentido más amplio, desde el control de gestión hasta el control interno de la compañía. Estos sistemas contribuyen a mantener a todos los participantes dentro de los patrones deseados y evitar cualquier desvío.

Son los sistemas de control los que proporcionan la seguridad primordial contra el fraude y la temeridad, pero para conseguirlo precisan de la garantía de independencia respecto de las unidades controladas, lo que sólo se consigue situando la dependencia funcional al más alto nivel directivo, con acceso al propio Consejo de Administración.

¿Qué pasa cuando al general, el triunfador, le molestan las advertencias del “esclavo” y lo arroja fuera del carro? En los agitados tiempos que vivimos, encontramos numerosos ejemplos en la pandemia de provisiones que asola las cuentas de los grandes bancos de inversión y que, injustificadamente, salpica a las entidades de nuestro país.

Tomemos el caso de Merrill Lynch el mayor banco de inversión de Estados Unidos, que hace muy poco ha presentado unas gigantescas pérdidas de 11.500 millones de dólares, las más altas de sus 93 años de historia, y ha tenido que recurrir a una inyección de capital de urgencia.

Cuando Stan O’Neal accede al puesto de Consejero Delegado de Merrill en el año 2002, todo el énfasis se pone en la rentabilidad y, como suele suceder en estos casos, los procedimientos de control del riesgo empiezan a ser minusvalorados hasta el punto de que el mismo Director de Riesgos (CRO) es “arrojado del carro”; es decir, pierde su diálogo con la primera línea directiva.

Esta anécdota no es sino uno de los muchos casos conocidos vinculados a un estilo directivo de líderes de las organizaciones que asignan a la disidencia un alto coste en la carrera profesional del discrepante.

Según se ha reflejado repetidamente en la prensa especializada, tanto Chuck Prince, ex Consejero Delegado de Citigroup -recordemos el banco más grande del mundo por tamaño y, hasta hace poco, por capitalización, que ha hecho historia con unas provisiones vinculadas a la crisis del subprime-, como Stan O’Neal, el de Merrill, eran conocidos por eliminar a aquellos ejecutivos que discrepaban con ellos y rodearse de profesionales que compartían sus puntos de vista, sin perturbarles con advertencias o reglas incómodas para el líder.

Pero matar al esclavo o, simplemente, su ausencia del carro del triunfador tiene, como muy bien sabían los romanos, dolorosísimas consecuencias sino que se lo pregunten a Société Générale…

Publicado por primera vez en Cinco Días el 2 de febrero de 2008

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