La actual fiebre de la IA recuerda a la fiebre del oro de California: millones persiguen una oportunidad que creen transformadora, pero solo unos pocos obtendrán verdadero beneficio. Igual que en 1848, los ganadores no son quienes buscan la pepita, sino quienes construyen la infraestructura, los servicios y el conocimiento que hacen posible la minería. La lección es clara: la inteligencia artificial no es un atajo a la riqueza, sino un cambio estructural que exige visión, inversión y realismo.
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