El 1 de mayo siempre ha sido una fecha para mirar al trabajo con respeto y, a veces, hasta con nostalgia. Este año conviene mirarlo con algo más de pragmatismo. Porque el trabajo está en plena revolución y, en los últimos meses, se ha incorporado en muchas empresas un nuevo compañero silencioso: el algoritmo. No se nota, pero está ahí y ha venido para quedarse.
Primero, las buenas noticias. España arrastra desde hace décadas un problema estructural de productividad. Aquí la IA puede jugar un papel relevante. La evidencia empírica recogida por BBVA muestra que puede aumentar la productividad entre un 14% y un 56%, según la tarea. Eso sí, el impacto no es automático: existe una “curva J”: primero inversión y adaptación; después, resultados. Y ese sigue siendo el verdadero reto.
Toca ahora hablar de los riesgos. Porque una buena noticia macro puede esconder un coste micro muy serio. En España, los despidos colectivos asociados a la IA ya han generado al menos 10 ERE que afectan a más de 6.700 personas. Aun así, el mayor riesgo no es tanto la destrucción inmediata de empleo como la desaparición de los escalones de entrada al mercado laboral. Los datos del INE hablan por sí solos: la tasa de paro juvenil roza el 26%.
Pero la cifra no cuenta la historia completa. Lo que está cambiando no es solo cuántos jóvenes están sin trabajo, sino cuántos se están quedando sin la oportunidad de empezar. Un estudio reciente de Anthropic detectó una caída del 14% en la contratación de jóvenes de 22 a 25 años en las profesiones más expuestas a la automatización. No es que los despidan. Es que directamente no los contratan. Si no hay puestos de entrada, no hay aprendizaje. Y sin aprendizaje, hay una generación que no llega a desarrollarse profesionalmente y unas empresas donde dentro de diez años no habrá el juicio experto que es, precisamente, lo que la propia IA no puede fabricar.
Y luego están los mayores de 50. Personas en su plenitud profesional que están siendo expulsadas antes de tiempo, llevándose lo que la IA no tiene: contexto, criterio y memoria institucional. Tenemos una paradoja: escasez de experiencia en los dos extremos de la pirámide laboral, justo cuando más la necesitamos.
La solución no es frenar la tecnología. Es rediseñar cómo trabajamos con ella. Según McKinsey, el 70% del valor que genera la IA no viene solo del algoritmo, sino de las personas que lo acompañan: quienes hacen las preguntas correctas, detectan sus errores y aportan el contexto que ningún modelo tiene. La IA funciona mejor con personas expertas, no en lugar de ellas.
No toca elegir entre personas o algoritmos. Toca decidir cómo queremos que trabajen juntos. La reinvención del trabajo pasa por no romper la escalera profesional ni vaciar de experiencia las empresas, construyendo equipos en los que la capacidad digital y la experiencia humana no compitan, sino que se refuercen. Lo contrario no será modernizar el trabajo, sino simplemente hacerlo peor.
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Publicado por primera vez en La Voz de Galicia el 1 de Mayo de 2026.
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